Deseas tener amigos, salir y compartir con otras personas. Aceptas una invitación con entusiasmo: verás a esa amiga que quieres mucho o irás a cenar con alguien que te gusta. Pero, cuando se acerca el momento, te sientes sobrepasada. Cancelas y después te preguntas por qué volvió a pasar.
Quizá también te has acostumbrado a estudiar lo que para otras personas parece espontáneo: cómo participar en una conversación, cuándo hablar, qué quiso decir alguien con una indirecta. Un cambio de planes a última hora puede dejarte agotada o irritable. Durante años has resumido todo eso en frases como «soy rara» o «soy socialmente torpe».
Estas experiencias pueden tener distintas explicaciones. Ninguna, por sí sola, significa que una persona sea autista. Sin embargo, cuando forman parte de una historia que viene desde la infancia y afectan tu vida cotidiana, merecen ser escuchadas con atención. Tal vez has recibido ayuda para la ansiedad o la depresión y has mejorado, pero conservas la sensación de que hay algo más que aún no comprendes.
Yo conozco esa sensación.
Desde niña tuve dificultades que llevaron a mis padres a buscar apoyo psicológico para mí. En la adolescencia también consulté con psiquiatras. Recibí ayuda valiosa y, con los años, alcancé mayor estabilidad. Aun así, seguía percibiendo que mi manera de experimentar ciertas situaciones era diferente. Pasé más de veinte años en psicoterapia intentando entenderme mejor.
Al graduarme de medicina, descubrí cuánto me interesaba la salud mental. En la práctica clínica observé cómo el estado de ánimo influía en la vida de personas que también enfrentaban enfermedades físicas. Elegí especializarme en psiquiatría porque me apasionaba escuchar, evaluar y ayudar a encontrar respuestas. Hoy sigue siendo una de las partes que más disfruto de mi trabajo: acompañar a alguien mientras comprende lo que le ocurre y construimos un camino de atención acorde con sus necesidades.
Mi formación, sin embargo, no hizo desaparecer mis propias dificultades. Durante la residencia recibí comentarios sobre mis gestos, que otras personas consideraban demasiado expresivos para una psiquiatra. Practiqué frente al espejo para intentar controlarlos. También me costaba seguir algunas conversaciones, interpretar indirectas y comprender instrucciones que para otros parecían evidentes. Hacía un gran esfuerzo por adaptarme, aunque muchas veces ese esfuerzo pasaba inadvertido.
Años después, la maternidad me acercó de una forma nueva al autismo. Mi hija recibió un diagnóstico dentro del espectro, y acompañarla me llevó a aprender más sobre las distintas maneras en que una persona autista puede experimentar el mundo y sobre la diversidad de necesidades de apoyo. Comencé una maestría en trastornos del espectro autista. Mientras estudiaba y reflexionaba sobre mi propia historia, empecé a reconocer preguntas que había postergado durante mucho tiempo.
Finalmente decidí buscar una evaluación para mí. Recibí los diagnósticos de trastorno del espectro autista y TDAH en la adultez. No cambiaron quién era; me dieron una forma más clara de comprender experiencias que antes parecían no tener relación entre sí.
Hoy soy psiquiatra, continúo formándome en autismo y también soy una persona autista con TDAH. Esa combinación influye en mi manera de ejercer: me recuerda que detrás de cada motivo de consulta hay una vida entera que merece atención, respeto y tiempo para ser comprendida.
Si has llegado hasta aquí porque reconoces algo de tu experiencia en estas palabras, no necesitas tener todas las respuestas antes de consultar. Mi compromiso es escucharte sin juicios, explorar contigo tu historia y realizar una evaluación cuidadosa. A veces el resultado será un diagnóstico de autismo; otras veces encontraremos una explicación diferente o varias condiciones que requieren atención. En cualquier caso, tus dificultades merecen ser tomadas en serio.
Mi formación me ayuda a evaluar con rigor. Mi experiencia personal me recuerda la importancia de escuchar sin dar nada por sentado. En consulta busco ofrecerte un espacio respetuoso, con una mirada neuroafirmativa, donde podamos comprender tus necesidades y pensar en apoyos que tengan sentido para tu vida.